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La imagen cinematográfica es tan poderosa que permite construir tanto lo ausente como lo presente a partir del desarrollo psicológico adecuado. Esta reseña habla de lo que yo he entendido sobre Burning, película del 2018 del director Lee Chang-dong, con esos matices que sólo se perciben como parte de un todo cuando acabas de ver una película, dado que he leído varias reseñas de análisis que no se acercan a la historia que yo he visto, o muestran confusión sobre la misma.

Quien lea esta reseña antes de ver la película, no se echará a perder nada, puede incluso ayudar a disfrutarla, pero para quien la lea después, espero que contribuya a su valoración y también a su disfrute. Por ello, escribo en modo spoiler, para que puedan interpretar y recordar ciertos aspectos que parecen quedar inconclusos.

Burning cuenta la historia de tres jóvenes y un extraño incidente que los conecta. Jongsu, el protagonista, es un escritor principiante, que vive como puede a partir de todo tipo de trabajos en una zona suburbana, cerca de la frontera con Corea del Norte. Un día se reencuentra con su amiga de la infancia, Haemi. Ella le pide a Jongsu que cuide a su gato, de nombre ‘Caldera’, mientras ella se va de viaje a África. Cuando regresa, Haemi le presenta a Ben, un joven misterioso y adinerado que conoció allá. Un día, Ben y Haemi lo visitan, y Ben le revela a Jongsu un pasatiempo muy extraño; le gusta quemar invernaderos abandonados, y el siguiente -le dice- será uno que está muy cerca de la casa de Jongsu, en una zona rural.

La película se basa en un relato de Murakami, que el director Lee Chang-dong adapta libremente. No es una película fácil de ver, es alusiva, escurridiza y larga (dos horas y media). Burning tarda en arrancar, pero lo hace y de qué manera. Con el paso de los minutos empiezas a conectar acciones, a volver a observar desde el recuerdo; antes de darte cuenta de que la película se ha metido en tu cabeza.

Comienza con un brillante estudio de personajes, cuando llega al momento de la revelación de los pasatiempos incendiarios de Ben, lo cual cambia por completo la narración del filme. Lo que hasta ese momento era sólo un drama romántico, va mutando de manera imperceptible a thriller. Que alguien confiese su afición a quemar invernaderos es motivo de perplejidad, pero si tal afirmación la hace alguien que se pavonea con su discurso de dobles sentidos y quien además cuenta con una descarada predisposición a ocultar aspectos banales de su vida, son motivos suficientes para inquietarse.

Geometría pura. A ratos parece una película errática, pero en realidad es un thriller de una precisión envidiable, calculado al milímetro para que el espectador entienda a cada instante lo justo y necesario, sin posibilidad de predecir la trama y, por lo tanto, a merced de los quiebros enrarecidos del director.

La narración es elíptica; Jongsu nunca ve al gato que Haemi le pide cuidar en su pequeño departamento durante su ausencia, lo busca sin encontrarlo, duda de la existencia del felino, aunque cada día encuentra el plato de comida vacío y el arenero lleno de heces (el gato de Schrödinger).

Haemi desaparece a media película, sin dejar rastro ni motivo, luego del encuentro de los tres personajes en la casa de Jongsu. El director no muestra absolutamente nada de manera directa al espectador y usa la psicología de su protagonista, para resolver la desaparición de su amiga, desde el compromiso con la construcción, de su punto de vista como guía para desentrañar un misterio creado de forma precisa con la cámara.

¿Son todo imaginaciones de Jongsu o existe algo de realidad en sus preocupaciones sobre Haemi? Nada es explicado literalmente. La omisión evoca aquí todas las distintas tragedias posibles que han podido ocurrir tanto en el pasado como en el presente de la historia, sugiriendo cómo las pruebas de toda sospecha se encuentran ocultas a plena vista:

I. Haemi muestra su pecho desnudo en dos ocasiones -detalle esencial para entender mucho de la película-: La primera vez, en su departamento con Jongsu. Sus senos son normales y pequeños. La segunda, durante la puesta de sol y con la música de Miles Davis (“Ascenseur Pour L’échafaud”, parecía imposible que llegara a sonar nunca en otra película que no fuera el clásico de Louis Malle). En una danza liberadora, muestra unos senos abultados, redondos, magníficos y recién operados. Incluso se percibe la forma de la silicona. Durante la historia nunca se menciona la cirugía, ni se dan explicaciones directas para este cambio.

II. Haemi existe. La conocen y hablan de ella su vecina y su familia. No es una figura retórica imaginaria.

III. Hacia el inicio de la película se nos brinda una escena clave, cuando Jongsu y Haemi tienen su primera cita. Ella hace ejercicios de mímica pelando una mandarina, y él los elogia comentando que parece que esté pelando una mandarina real. La respuesta de Haemi es reveladora: “lo importante no es imaginar que la mandarina existe, sino olvidarte de que no está ahí (…) creer que quieres comerla, así tu boca empezará a salivar y te sabrá deliciosa”. Esta sentencia es clave para comprender cómo se debe mirar esta película. La percepción, o la apariencia tienen más importancia que los sucesos (o una trama convencional).


IV. Ben siente curiosidad cuando las personas lloran porque él nunca ha llorado. No recuerda si ha tenido momentos de tristeza porque las lágrimas son un indicador de ello. Se aburre y bosteza en cualquier reunión de amigos, se ríe cuando Jongsu le confiesa estar enamorado de Haemi (“el juguete” de Ben). Quemar un invernadero y robarse a la novia de alguien, forman parte de su mismo entramado de humillación cotidiana, decorada con una sonrisa. No tiene empatía, no tiene sentimientos de tristeza ni de amor… es un psicópata.


V. Las llamadas de teléfono a horas intempestivas y en las que nadie responde, las hace la madre de Jongsu, finalmente se decide a hablar, cuando reconoce la voz de su hijo y sólo después de que su exmarido está encarcelado. Lo que no termino de comprender es el comportamiento de la madre; está distraída, atendiendo su celular y riéndose con cada Whatsapp. Luego de tantas llamadas y de 16 años sin ver a su hijo le hace poco caso. No entiendo si hay sentido en este personaje —por si alguien quiere abrirme los ojos escribiéndome un comentario—.

VI. La opacidad del invernadero remite a las ventanas frente a las cuales Jongsu se detiene para sobrevolar la ciudad con su mirada. Durante la ausencia de Haemi, esta seducción por la claridad se convierte en una atracción sexual explícita que incluye el regreso constante, de principio a fin, al departamento vacío de la joven. El deseo de disfrutar, de recordar, de vivir, de escribir. Es la historia de aprendizaje del joven escritor, que debe superar la precariedad económica, la falta de amor y las relaciones familiares conflictivas, para llevar adelante su deseo artístico. Pero la puesta en escena se difumina, rompe los esquemas y hace nebuloso lo que parecía claro. Jongsu va por los caminos circundantes, se pierde en una niebla azul, en una oscilación sublime.

VII. La quema de invernaderos es una metáfora: esos invernaderos feos, solitarios y abandonados que hay por todo Seúl, que arden a la menor provocación. Jongsu comprueba que para arder no necesitan gasolina, son de plástico y éste arde inmediata y espectacularmente en cuanto se les acerca un encendedor. Los invernaderos resultan ser en realidad las chicas solitarias, “feas” y sin autoestima. Las que conquista y luego quema Ben, el niño rico. Todas ellas usan baratijas, joyería de fantasía, son sencillas, de clase social baja, han sido rechazadas y abandonadas, nadie las echa de menos aún después de meses de no verlas. Ben conquista a esas mujeres, ofreciéndoles un poco de interés y de lujos. Se divierte jugando con ellas, maquillándolas como muñecas, sofisticando su forma de vestir (las mujeres con las que se relaciona, mejoran su estilo después de conocerle).

Un Pigmalión que juega con las mujeres, las modela según sus gustos (operación de senos de la primera, maquillaje para la segunda) y se divierte con ellas hasta que se aburre y entonces las quema, las destruye, las evapora, aunque esto nunca se muestra en pantalla. Cuando Joung le pregunta si sabe dónde está Haemi, Ben le responde -con una sonrisa- que al parecer Haemi desapareció como el humo.

VIII. Ben también juega con Joung, insinuándole la historia sobre quemar invernaderos, diciéndole que el siguiente que va a quemar está muy cerca de él, y dejándole su encendedor intencionalmente. Provoca que Jongsu de vueltas y verifique diariamente los alrededores de su casa en busca de invernaderos quemados. Ben le permite husmear en el cofre de premios que contiene objetos de todas sus mujeres, le muestra que ha adoptado a un gato, al cual Jongsu identifica como la mascota de Haemi al llamarle por su nombre, el mismo gato que nunca pudo ver antes.

Ben se divierte con Jongsu: sabe que éste lo espía y le persigue y que sospecha de él por la desaparición de Haemi. Ben mira a Jongsu desde el gimnasio, sabe que Jongsu puede regresar al departamento de Haemi y encontrarlo limpio y pulcramente arreglado, justo como es la casa de Ben. Entre ellos hay una relación que no es de amistad sino de admiración y envidia mutuas. Ben lee los libros que le recomienda Jongsu, le dice que algún día le contará su vida, para que escriba un libro sobre ella. Durante toda la historia se mete en su vida, para que entienda que ha matado a Haemi y, una vez que Jongsu entiende todo, en la escena final, Ben lo abraza y lo mira a los ojos en una súplica silenciosa…. Sabe que Jongsu escribirá su historia y le hará eterno.

IX. Al inicio del relato, Haemi viaja a África en busca del significado de la vida. Ahí conoce un ritual sobre “el hambre pequeña” y “la gran hambre”. La primera se refiere a los individuos que persiguen los deseos físicos, terrenales, y la segunda a los que buscan satisfacer sus inquietudes existenciales.

En este sentido, tanto Joung como Ben son distintos a Haemi, pues ellos persiguen “el hambre pequeña”. Esto se aprecia con exactitud en la escena en que Haemi, en una cena con los amigos ricos de Ben, se levanta para hacer el baile africano que representa el “ritual del hambre” –algo significativo que los amigos ricos definen como “algo divertido”– Ben está de espaldas al baile, aburrido y apenas se fija en ella, pero sí que está frente a sus amigos y sonríe cuando se burlan de ella o se aburren. La escena siguiente es en un antro –el baile de la clase alta, superfluo, sólo sirve como entretenimiento– y en la siguiente escena, vemos a Joung bailando y cantando en su granja al lado de su vaca, como parodiando el baile de la noche anterior.

Todo esto refleja que la clase alta sólo está preocupada por pasársela bien y que ni siquiera el individuo de clase baja es capaz de aprender de un semejante, ya que sólo tiene ojos para la lucha de clases y para ver lo despreciables que son los ricos, a los que de alguna manera envidia.

Burning tiene un asombroso realismo mágico y poesía lírica y visual. La narrativa hace muchas preguntas directamente, a través de una alegoría o metáfora. Ofrece además, un retrato de los jóvenes en Corea en un momento interesante en el tiempo: Ben y Jongsu cara a cara. Dos Coreas distintas en la parte sur de un país ya fragmentado. El mundo rural contra el urbano, las granjas desde las que se oyen las proclamas propagandísticas de Pyongyang, contra el mundo de negocios en contacto con el capitalismo global. Un niño rico de ciudad que se divierte “quemando el paisaje” en el que crecieron niños como Jongsu y Haemi. La globalización destruyendo la tradición.

La película busca el enfrentamiento continuo entre la identidad y su expresión en la dimensión social de la misma. Ben representa a la Corea del Sur moderna, próspera, que reniega de cualquier conexión con el legado de su país. Una especie de Gatsby contemporáneo, quien parece esconder un turbio y oscuro secreto y forma parte de una clase social frívola y sin inquietudes, que desprecia a otras culturas, países y a aquellos inferiores en estatus. Varios momentos clave de la película vienen por la captura de la artificiosa pulcritud de los ambientes en esos encuentros, fiestas privadas y lugares en los que se reúne con sus iguales.

Nosotros, como observadores externos, somos testigos de una transformación a partir de la búsqueda y contacto de Jongsu con su propia esencia; su herencia y sentimientos perdidos, ese dulce becerro al que renuncia por falta de dinero, su padre encarcelado, su madre indiferente, su novia robada. Mientras recorre una y otra vez los invernaderos cercanos a su casa, para comprobar una aparente pero contradictoria imposibilidad que enlaza con la paradójica naturaleza del ser humano.

La película empieza y termina con dos planos largos, uno en plena ciudad y otro en la cuneta de una carretera. Y entre ambos momentos, Chang-dong introduce la mejor escena de la película, la secuencia más bella que vi en el 2018, en un plano sin cortes, el baile de Haemi: el vértice femenino del triángulo, bañado por la luz naranja y violeta del atardecer, mientras una bandera de Corea del Sur, detalle aparentemente trivial pero preñado de significado, ondea libremente. Hay un paralelismo entre este baile y la escena final en la que Joung camina desnudo hacia su camioneta. Ella se desnuda ante el sol, evocando a la vida de forma espiritual. Él se desnuda y quema su ropa ante una hoguera, la cual deja detrás de sí, ese es su sol, su enfoque es terrenal.

Burning tiene presente en todo momento la proximidad del país vecino en un fuera de campo de una expresividad absoluta, que lleva esa construcción de la identidad individual al nivel colectivo de todo un pueblo que ha tomado su propio camino, y que no mira a sus vecinos del norte, como la única manera viable de que no se apropien de su destino.

“Sobre el infinito horizonte arenoso hay un atardecer. Empezó naranja y luego pasó a rojo sangre… y de púrpura a azul marino. Mientras oscurecía y el atardecer desaparecía, de repente empezaron a caer lágrimas. ‘Parece que llegué al fin del mundo’. Ese pensamiento me vino a la mente. Y además quería desaparecer como ese atardecer. Morir me da mucho miedo”. —Haemi.

Título original: Buh-ning (Beoning), 군함도
Título inglés: Burning Año: 2018
Duración: 148 min.
País: Corea del Sur
Dirección: Lee Chang-dong Guion: Lee Chang-dong, Jungmi Oh.
Adaptación de la obra japonesa ‘Barn Burning’ de Haruki Murakami. Música: Mowg (Lee Sung-hyun)
Fotografía: Kyung-Pyo Hong
Reparto: Yoo Ah In, Yeun Steven, Jun Jong-seo, Gang Dong-won, Seung Geun Moon
Productora: Pine House Film / NHK / Now Films
Género: Drama, thriller
Reconocimientos: Palma de Oro de la Critica en Festival de Cannes 2018. La película fue la seleccionada por Corea del Sur para participar por una posible nominación a los Oscars 2019. También se encuentra nominada a: Houston Film Critics Society; Palm Springs International Film Festival; 24th Critics’ Choice Awards y a los 34th Independent Spirit Awards. El actor Yoo Ah In fue destacado por ‘The New York Times’ como uno de los mejores actores a nivel mundial (TOP10) por su actuación en Burning.